Claro esta que no hay partes del mundo donde se abre el cielo y Dios echa puños de oro a sus elegidos. La riqueza de las naciones viene indudablemente pegada al trabajo y a la sensatez de sus habitantes.

Por: Adán J. Loredo

En todos los países del mundo las personas trabajan, muchos desde antes que el sol salga hasta después de que se oculta, de lunes a domingo y pasando como días cualquiera los festivos.

Por desgracia el trabajo no es garantía de riqueza, ni siquiera de estabilidad económica. Las costumbres, los hábitos y, desde luego, las políticas, son cosas fundamentales que determinan la riqueza o la miseria de cualquier país.

Y la formula para que un pueblo sea prospero no esta oculta en las profundidades del mar ni en el Polo Norte, sino que es bien conocida, por mas que muchos se empeñen en buscar una nueva mientras hacen experimentos que matan de hambre.

Cuando en un país la democracia funciona más o menos bien, y la población tiene acceso a una educación de calidad respetable, y también esta libre de fanatismos ridículos, casi con seguridad el progreso y la abundancia serán cosas inevitables.

Desde luego que todos esos factores van de la mano y es imposible conseguir que funcione uno si no lo hace el otro. Para que sean elegidos para puestos importantes los políticos menos corruptos y menos idiotas, es indispensable que la educación de la población sea más o menos buena. También, gracias a una buena educación, las personas pueden sacudirse poco a poco los prejuicios y las costumbres que tanto contribuyen a la miseria.

La prosperidad llega como consecuencia de prácticas muy lógicas y hasta primitivas. Que a cada persona se le permita ser dueña de sus decisiones: emigrar a donde quiera, vender y comprar lo que le plazca, invertir y arriesgar lo suyo, proveerse de donde quiera. Todo eso es fundamental para el progreso. El establecimiento del libre comercio, sin trabas, es la antesala de la riqueza de los pueblos. Tan importante es que incluso la prostitución, por mal que sea vista, es un derecho inviolable de quien la ejerce.

Las características de la población en un país prospero no son un secreto para nadie. Allí las personas no esperan milagros sino resultados, los políticos dependen del libre albedrío del ciudadano y no de las armas, los presidentes son, al menos en apariencias, personajes respetables y no vulgares dictadores que se adueñan del país para ellos y su familia. Quien invierte su dinero lo hace sabiendo que si logra crear una empresa exitosa el gobierno irá por ella como lobo hambriento.

Como puede verse no es nada del otro mundo. El camino de la prosperidad no es un laberinto lleno de trampas y con acertijos en cada esquina, sino el resultado de dejar al hombre trabajar libremente a favor de sus más grandes ambiciones.

Pero todo parece indicar que las personas, la mayoría, prefieren vivir en lugares donde la libertad de cada individuo es un derecho que esta prohibido no violar. En los países tercermundistas lo que menos quiere hacer la población es cultivarse mínimamente. Se conforman con que les cuenten y con adorar a héroes inventados. Le temen a la verdad que les puede revelar el conocimiento, se encierran en su mundo y odian todo lo que no conocen y a todo el que es diferente en cultura y forma de pensar.

Al gobierno, no sé porque, pero eso le viene de perlas. Los políticos iluminados, que abundan, se aprovechan de la ignorancia en la que la mayoría del pueblo vive, a veces por gusto propio, y con políticas socialistas e ideas nacionalistas al extremo saquean al país, arruinan su economía, destruyen sus instituciones y pasan a la historia como héroes libertadores.

Y la herencia de esos héroes, que en Latinoamérica padecemos tanto, genera una terrible confusión en las masas que es necesario aclarar para poder empezar con la reconstrucción del país. La mayoría de la población en un país tercermundista cree, gracias a los héroes, que es totalmente correcto privatizar las empresas, cerrarle todas las puertas a los comerciantes, manipular la economía del país como por arte de magia, y que un elegido saldrá del pueblo para aliviar todos los males y que solo él y nadie más que él sabrá como hacerlo.

Y todavía hay algo peor: el héroe siempre esperado, suele aparecer con bastante desgraciada frecuencia, arruina todo lo que se puede arruinar y se queda hasta que puede ejerciendo el poder de la forma mas autoritaria. Cuando lo matan, se muere o logran derribarlo, el país queda, como es natural, en la ruina, pero la población, igual de ignorante y más confundida, espera con ansias la llegada del siguiente héroe.

Adán J. Loredo