México, recién independizado de España, no perdió la oportunidad de ser una nación prospera por políticos ineptos o por militares golpistas sino por una mujer.

Por: Adán J. Loredo

Por ahí de los tiempos de la independencia de México, destaco mucho, por su crueldad en las batallas, Agustín de Iturbide.

Primero ofrecía su sangre por el rey de España y con esa bandera fusilo a cuanto se le puso en el camino de los que luchaban por la independencia. Después que se dio cuenta que si se ponía vivo el podía ser rey, cambio de bandera y ofreció su espada a sus antiguos enemigos.

Pero nada de bajarle el rango por tantos años de enemistad. Todo lo contrario, se volvió independentista como jefe supremo.Poco tiempo después de su cambio de bandera, las cosas le salieron como si las hubiera soñado. La independencia se consolido después de más de una década de fusilamientos y saqueos.

El anterior militar realista, que nunca se jugo el pellejo para liberar a su país, fue regente de México, nada más porque todavía no terminaban de pulirle la corona. Una vez que esta quedo terminada, se la enjareto sin pedir muchas opiniones y paso a llamarse Agustín I de México. El emperador repartió títulos de nobleza al por mayor.

Como era de esperarse, lo mejor lo reservo para sus allegados. Su hermana, doña Nicolasa, ya sumaba seis décadas por esas épocas y era aun dueña de su virtud, lo que es lo mismo: solterona.

Había en Veracruz un personaje con una ambición de gloria militar descomunal. Todo lo demás que tenía eran defectos. Antonio López de Santa Anna era un hombre muy joven en esos tiempos. Excelente mentiroso y buen organizador. No se podía quedar quieto y se la pasaba planeando la forma de escalar peldaños. La fortaleza de San Juan de Ulúa todavía estaba llena de españoles que esperaban la oportunidad para reconquistar México. Iturbide no encontraba la forma de sacarlos de allí de una vez por todas. Santa Anna, el taimado jalapeño lo pensó muchas veces, si lograba liberar la fortaleza, eso lo catapultaría a las esferas del poder. Pero atacar Ulúa tenía sus riesgos: podía perder la vida o el prestigio que ya tenia, y bastantes mentiras había tenido que contar para obtenerlo.

Un blanco mucho más frágil y que opondría menos resistencia, era el corazón de doña Nicolasa. Santa Anna comenzó a coquetearle descaradamente a la princesa. Ésta, por su parte, se hizo poco del rogar. Un hombre con la mitad de su edad no era para desperdiciarse. Iturbide tenía verdaderos problemas para ese entonces: se encontraba rodeado de enemigos a tal punto que se la pasaba metiendo a gente en la cárcel por conspiración. Su peor problema, sin duda alguna, era la falta de dinero, con el cual hubiera podido resolver muchos de sus problemas, como, por ejemplo, pagar los salarios a sus soldados. Para colmo le fueron a contar que su hermana había regresado a la adolescencia por culpa de Santa Anna.

Inmediatamente les rompió el corazón a los dos: a ella le quito la posibilidad de casarse con un hombre muy joven y a él la oportunidad de ser príncipe.

Para suerte de Santa Anna, Iturbide no lo fusilo, pero si lo mando a sacar a los españoles de Ulúa, con la esperanza de que ellos si lo fusilaran. Ese fue el gran error del Emperador. Al poco tiempo le costo el imperio y la vida. A Santa Anna su destierro de la capital no le vino tan mal. Se fue a meter a su natal Veracruz para darse vida de rey. La liberación de Ulúa podía esperar, las fiestas y las peleas de gallos no. Aprovecho una ocasión que Iturbide fue a tierras jarochas para demostrarle que en su tierra era profeta, aunque fuera solo mientras el emperador estuviera allí. El poco tiempo que estuvieron juntos sirvió solamente para que se enemistaran aun más. Cuando Iturbide abandono Veracruz, sabia que tenia que deshacerse de Santa Anna.

Por su parte el jalapeño no perdió el tiempo. Cuando se desapareció el carruaje del emperador en el horizonte, proclamo la Republica y se pronuncio contra él. Su intención era escalar peldaños y teniendo al Emperador como enemigo a muerte no subiría ni uno solo. Por el contrario, era de esperarse que en cualquier momento lo fusilaran y después buscaran un pretexto por haberlo hecho.

La realidad era que Santa Anna no era republicano ni imperialista, pero odiaba a Iturbide porque no quiso ser su cuñado. Su levantamiento fue la chispa que esperaban muchos para tomar las armas contra el emperador. Entre ellos personajes de renombre como Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria. Ambos serian después presidentes de México y también su mala suerte estaría ligada a las decisiones de Santa Anna. Iturbide, por su parte, no le quedo más remedio que restituir el congreso que ya antes había disuelto y renunciarles en la cara, para después abandonar el país. Ni siquiera había ajustado un año con la corona puesta, se corono en mayo de 1822 y para marzo del siguiente año todo estaba acabado. Vivió en Europa una temporada, pero decidió regresar solo para ser fusilado sin juicio alguno, mientras Santa Anna era gobernador de Yucatán, y ya se estaba convirtiendo en un ferrocarril sin freno en la vida política de México.

La caída del imperio y el posterior fusilamiento de Iturbide, fueron el principio de una tragedia que se extendería por muchos años. De ahí en adelante todo fue traiciones y revoluciones y cuando peor estaban las cosas, no faltaba una potencia extranjera que quisiera apoderarse de México. Como no podía faltar, Santa Anna era siempre el protagonista en todo. Ya fuera como revolucionario, como presidente, o como defensor de la patria, nunca se excluía al jalapeño. Tal vez algunas veces quiso hacer las cosas bien, pero la desgracia radica en que siempre las hizo mal. Muchas personas se preguntaran, ¿qué hubiera pasado si Iturbide le concedía la mano de su hermana? Es imposible saberlo, de Santa Anna podía esperarse cualquier cosa.

Puede decirse que doña Nicolasa, con sus muchos años y nada agraciada, fue la primera piedra para las revoluciones del siglo XIX, que trajeron a México todos los males existentes que formaron el carácter del mexicano actual. Otros por mucho menos de eso se han ganado un monumento.

Adán J. Loredo