Con frecuencia nos empeñamos en mirar las rosas y ver solamente aquéllo que nuestros ojos quieren ver. Insistimos en elegirlas mirándolas desde arriba, o desde abajo. Nunca de frente. ¿Por qué la objetividad se nos nubla?

Solemos juzgar a las personas observando los pétalos, lo exótico, el brillo, los colores, lo hermoso de la flor... Sabemos perfectamente que debajo están las espinas y que van inseparablemente unido a lo anterior. Pero lo obviamos.


Nos dejamos llevar, permitiéndonos a nosotros mismos el lujo, ¡¡ una vez más!!, de que el resplandor de los pétalos oculte los pinchos. No lo vemos, o más bien, simplemente… No lo queremos ver. Nos esforzamos en acallar esa voz que no nos interesa oír.


Porque algo nos dice que no debemos. En el fondo, sabemos que esa persona no es para nosotros, sabemos lo que hay detrás de ese efímero encanto, y que no será otra cosa, más que los punzones sobre los que todo el mundo nos advierte, preveniéndonos con dosis de realidad... pero que somos reacios a apreciar.

Y ello, porque para nosotros las espinas se ocultan tras ese cautivador aroma… aroma seductor como él solo, y viejo conocido ya, vencedor absoluto en todas las batallas libradas contra la sensatez, y sustituto perfecto de cualquier aviso que nos contraríe.


Quizás sencillamente aceptamos que la herida llegará y que nos pasarán facturas esos indicios acallados… Pero aún así arriesgamos, porque el que no apuesta no gana, ¿no señores?


A la inversa, pero siguiendo el mismo patrón, también pecamos de considerar, valorar a otras personas, desde la perspectiva opuesta. En esta ocasión, esas primeras espinas, mucho más débiles y erosionadas que nos encontramos, nos impiden alcanzar lo que hay en el fondo. Un fondo mucho más noble y valioso que cualquier otro destello pasajero... Pero cuyas espinas si bien no dañarán, nos disuaden ni siquiera de intentarlo.


Quién tenga el Don de alejar al fantasma de moto reluciente y sonrisa perfecta, ese embacaudor atractivo y deslumbrante, que como si se tratara de un imán te atrapa, pero al mismo tiempo te repele... Fantasma con apariencia de hoja perenne;


Espantarlo a éste, eligiendo en su lugar a aquél que realmente conservará su esencia, quien ostente este don, que explique el camino a seguir, porque creo que ni soy, ni seré la última en elegir la rosa menos adecuada del jardín.



Si bien, acostumbramos a quejarnos y martirizamos... Pero ya lo sabíamos, y con antelación. Nunca nos fue un secreto el tallo de espinas al que nos enfrentábamos, y como una y otra vez, nos dicen y repiten, intentamos convencernos y no volver a ese seductor abismo…
pero, ¿qué sería de nosotros sin esa flor de sabor amargo?


Intentaré, la próxima vez que cuide los rosales, escoger una flor menos tortuosa… por muy dulce que pudiera resultarme esa tortura... pero no prometo nada… puesto que frente a esos desafortunados reveses de la pasión, “después de todo, mañana será otro día.”